ARBUSTOS DE NERVIOS COMO BOSQUES DE CORAL . (REGINA DE MIGUEL)

“La misión del ojo derecho es atisbar por el telescopio mientras el izquierdo atisba por el microscopio.”

Memorias de abajo, Leonora Carrington

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Llevo aquí un tiempo sola, más de dos meses. Instalada en un hotel del siglo XXIII con vistas a una ciénaga descompuesta.

Este lugar se encontraba en las rutas más populares de turismo interespacial. Toda clase de diversiones sencillas y placeres ordinarios en un paisaje costero.

Sin embargo, desde hace algunos años el mar se tragó la arena, llegó a las zonas de cultivo y muchos pobladores tuvieron que refugiarse tierra adentro o en otros planetas.

Archipiélagos de abandono.

Lo mismo pasó en la Tierra, aquella pequeña nave rebelde sin anclajes. Hace tanto tiempo ya que aquí lo olvidaron. Casi no queda nadie allá y cuando se marcharon la historia no quedó bien escrita.

Eso solía definirnos como especie.

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Más de dos meses y tengo terminantemente prohibido salir de este planeta.

El tiempo y los pensamientos se esparcen para volver a reunirse; concentrados, se golpean contra las paredes de la habitación; deslizándose, se arrastran muchas veces penosamente dejándome una brutal sensación de cansancio al final del día.

Toman una forma como esas masas negras y viscosas que aparecen en las películas de Miyazaki[1]. Como la Lamella [2], el mito que no existe sino que insiste.

Yo no venía aquí por cuestiones de turismo quimérico y crepuscular ni a contemplar la catástrofe, algo que se puso de moda hace siglos. No, yo sólo estaba de paso hacia una misión de investigación sobre arqueología alienígena en el planeta Exilio[3] 3. Trabajo en ello desde los lejanos días de la lluvia roja de Kerala y antes ya estuve en la isla Decepción.

Me interesan sobre todo las bacterias.

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En el hotel hay muy poco personal. No suben nada a las habitaciones y las personas que estamos aquí nos sentamos individualmente en unas mesas rodeadas por mamparas, para evitar los contagios. Algo así pasó en el siglo XXI en la Tierra antes de las colonias. Por entonces no se sabía que existen vínculos recíprocos entre las epidemias terrestres y la química cósmica, pero es así.

El centro galáctico, con su agujero negro, funciona como un diente de león que disemina toda clase de objetos hacia fuera como los asteroides que transportan la vida de mundo en mundo.

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No puedo caminar por las calles, pero sí, desde hace unos días, nos dejan deambular por el hotel, mirar por las ventanas, salir a las enormes terrazas y contemplar las especies vegetales del jardín, tan extrañas que parecen responder a una mutación continua de modo que encontramos en la misma rama orquídeas, hortensias, flores de cerezo… o combinaciones entre pájaros e insectos.

Cuando la Tierra colapsó, trajeron ejemplares de todo lo que aún fue posible salvar. Sin embargo aquí, a pesar de salir adelante, las vidas tomaron formas particulares hibridando en organismos multiespecies. Delante de mí observo varios arbustos de nervios que más bien parecen bosques de corales.

Vista la falta de vigilancia y una suerte de anarquía y relajación de maneras que empieza a derivar de esta situación en exceso prolongada, he decidido pasear por las zonas clausuradas del hotel.

El edificio es un pastiche de estilos de épocas muy lejanas, todo exuda nostalgia. Quizás cuando los humanos abandonaron la Tierra la tristeza pudo más que el aliento utópico. Tal vez sólo necesitaban reconocer aquello que les hacía sentir en casa y no crearon muchas más formas nuevas.

Al mismo tiempo somos conscientes de que existe la realidad de un mundo irreal que coexiste con el nuestro. En ese mundo deberíamos buscar el manual de instrucciones para poner en marcha nuestro verdadero futuro.

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Sin demasiado esfuerzo, al rato de estar caminando por los corredores, encontré una escalera que llevaba a los sótanos del hotel, y a partir de ahí todo un panal de oquedades, cavernas y túneles. Galerías bajo tierra que parecían compartir la misma voz y a la vez encarnaban un poderoso paisaje mental y espiritual.

Anduve por este universo telúrico sin brújula, sin coordenadas ni puntos de referencia, pero intuyendo que debía de conectar con otro edificio colindante: el Museo Alkane II[4].

A veces en algunas estancias, espacios que sorprendentemente se abrían entre los estratos, me parecía ver grupos de jóvenes conversando, bailando, asistiendo al discurso de alguien de mayor edad. Se materializaban sin aviso y claramente no pertenecían a este tiempo sino a ese genérico pero vastísimo planeta Pasado.

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Y llegué, sencillamente, corrí una cortina y allí estaba, en ese gran recibidor ahora completamente vacío. Sin visitantes, sin turistas ni expertos. Sin una sola actividad. Algo absolutamente inconcebible dado que el Museo Alkane II es el más grande del cosmos.

En él se encuentra todo, toda la historia del arte, todas las reproducciones y copias.

Su comisaria, Cyana Von Ray Morgan, explicaba recientemente que una cuarta parte de las exposiciones del museo están dedicadas al siglo XX, del mismo modo que los principales museos de Europa y de los Estados Unidos de América dedicaron una cantidad desproporcionada de su espacio a los artefactos griegos y romanos.

Cyana lo justifica argumentando que es en el siglo XX cuando se realizó el mayor cambio en la situación fundamental de la humanidad: «A principios de ese asombroso siglo, la humanidad era muchas sociedades que vivían en un solo mundo; a finales, era básicamente lo que somos ahora: una sociedad informativamente unificada que vivía en varios mundos».

Hoy por hoy constituimos una fuerza de trabajo, una población enormemente móvil y transitoria que a su vez tiene un gran inconveniente: hemos evolucionado hacia una falta de «solidaridad cultural».

Debido a que la población está en constante movimiento, no existe una cultura compartida, ni tampoco se han realizado intentos exitosos de crear nuevos movimientos artísticos y culturales de amplia base desde finales del siglo XX.

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Además del predominio de exposiciones basadas en el siglo XX, observo que muchas de las obras comparten los mismos temas y, en muchos casos, los mismos autores aunque las etiquetas indican claramente que las pinturas fueron creadas con siglos de diferencia y en planetas distantes. La colección de arte más famosa del museo es en realidad una falsificación de un conjunto de obras existentes, y las falsificaciones son más populares y se consideran más valiosas que los originales.

Sigo paseando por este lugar que, a pesar de encontrarse lleno de cosas sólidas, es también un lugar resbaladizo, imaginativo, conceptual aunque con un evidente patetismo y una conmovedora sensación innata por ser su tema principal el tiempo y los diferentes viajes que las cosas y las personas hacen a través del mismo. Como los jardines botánicos, los bestiarios, las bibliotecas y muchos más.

Este lugar, sin embargo, tiene una fuerte y concreta existencia a pesar de su apariencia líquida. La que le proporciona vida tanto en el mundo físico como en el imaginario.

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Dentro de mi errático itinerario encuentro un espacio más pequeño, comparado con las salas principales. La iluminación cambia cada cierto tiempo y queda en algún momento en la penumbra. Esa atmósfera me atrae, tiene algo de microcosmos. Una vez me acostumbro a la relativa falta de luz encuentro una placa que lleva escrito «Exposiciones de Arte Emergente».

Exposiciones como Oráculos

También imagino grupos de jóvenes buceando en unas aguas opacas y espesas hacia una superficie o estrato superior dentro de una suerte de «rito de iniciación» consensuado socialmente, en el que una vez asoman la cabeza tienen que performar liminalmente, dejando así de ser neófitos para entrar en el olimpo de los artistas de verdad, perdurar hasta quién sabe cuándo.

Hasta que puedan resistir las inclemencias del tiempo de ahí fuera. Qué extraordinarias colecciones de primeros artefactos, objetos vocacionales, preliminares. Resultan conmovedoras dentro del relato de los museos y sus desiguales repertorios. Venidas al mundo con voluntad de permanencia, aún hoy plantean un diálogo entre temporalidades.

Aquí se sienten los ecos de aquellos jóvenes muertos.

En medio de los parpadeos lumínicos encuentro un antiguo mecanismo que logro identificar. Se trata de un ansible, una tecnología que proviene de la ficción, ideada por la escritora Ursula K. Le Guin y que más tarde la ciencia logró desarrollar. Su nombre deriva del término inglés answerable (respondible: que puede responderse) y permite enviar información del futuro al pasado. Las paradojas que puedan resultar de esta comunicación se asumieron hace mucho como normales.

Otra placa, esta vez dorada y en bajorrelieve, nos informa de que mediante su uso uno puede comunicarse con los artistas del pasado.

Recibir sus mensajes y pensamientos. Un paso más allá del museo como máquina del tiempo, como metáfora de la mente en cuanto a tesoro de recuerdos, del tiempo convertido en lugar.

Se trata de un artefacto anticuado, no logro descifrar su funcionamiento aun cuando veo cifras, botones y algo así como una lente, lo cual me dice que este ansible es capaz de proyectar. Y pulso al azar.

Nada. Oscuridad. No debo de haberlo hecho bien. ¿Cómo se activa este artefacto pasado de moda? Quizás ya no sintoniza tan rápido.

El cosmos está lleno de mensajes, no es tan sencillo, me digo. Y de pronto, en la pared de enfrente, aparece una pintura de grandes dimensiones. En ella, sobre un paisaje lleno de arbustos oscuros, sintetizados, vuela sobre un fondo azul verdoso una densa acumulación de planos arquitectónicos. Paredes, puertas, estancias enteras y algunos objetos amontonados.

Un desbarajuste en tránsito y levitación. Superpuestas, algunas líneas de un mapa de carreteras.

Me pregunto de dónde viene esta imagen, nada lo indica.

Ni título, ni fecha, ni quién la pintó ni dónde. Cuando ya no parece que vaya a suceder nada más, siendo yo una espectadora bastante impaciente y acostumbrada a la velocidad, decido marcharme.

Pero justo ahí, a punto de cruzar el umbral, una voz me dice:

¡Espera, no te vayas! ¡Hace siglos que nadie miraba esta pintura! Llevo un rato intentando hablarte, pero aquí las imágenes llegan antes que los sonidos.

“¿Quién eres?”, pregunto con normalidad.

Regina, la persona que pintó este cuadro. No sé cómo ha quedado registrado aquí. Una entonces no hacía las cosas con demasiada consciencia ni afán de perdurar. Es extraño cuando las cosas que hicimos son las que nos invocan lejos de nuestra voluntad.

Sé que sucedió en 2005, comenzaban el siglo XXI y mi carrera como artista. Ahora hablo desde un lugar muy alejado del planeta Tierra. Dejé de existir allí para tener otras vidas.

La interrumpo: «¿Y hacía mucho que no veías tu pintura? Ha sido completamente aleatorio por mi parte, no sabía qué podía aparecer. Las formas ya eran tan diversas…»

Mucho, muchísimo, pero las recuerdo todas bien. En aquella época pintaba todo el tiempo, era obsesiva, prolífica, y disfrutaba, sin saber muy bien hacia dónde me llevaría el dedicarme al arte.

Es curioso cómo muchas de mis obsesiones de adulta ya estaban ahí. Ya se podía intuir algo que con los años se iría enredando.

«¿Por qué enredando?»

Porque fueron muchos los movimientos y muy pocas las certezas. Eso no era necesariamente malo, pero sí inquietante. La vida nunca era igual.

La imagen desaparece, se escucha viento.

Me tengo que ir. Los tiempos de comunicación están limitados aquí, hay restricciones graves por la carencia de energías

Aquello volvió a quedarse en silencio y de nuevo aparecieron las lucecitas parpadeantes. Decidí marcharme al hotel.

Entiendo ahora el valor de estas colecciones de objetos y cómo dentro de las primeras tentativas, incluso de las fallidas, hay un abundante impulso quimérico.

Como experta en extremófilas, creo que no se diferencian mucho de las artistas.

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Berlín, abril 2020

 

[1] El viaje de Chihiro.

[2] Lacan, J., The Seminar, Book XI, The Four Fundamental Concepts of Psychoanalysis, pp. 197-198.

[3] Planeta Exilio, Ursula K. Le Guin, 1966

[4] El Museo Alkane aparece en la novela Nova del escritor Samuel R. Delany.

 


Regina de Miguel es artista multidisciplinar, su práctica se caracteriza por la investigación y desarrollo de procesos orientados a la producción de conocimiento y objetos híbridos. Regina esta interesada en el análisis crítico de la supuesta objetividad de los dispositivos de representación de la ciencia, así como de las condiciones de producción del conocimiento científico es uno de los principales hilos discursivos de su trabajo. Desde un enfoque metódico, establece complejas redes de conexiones que también se nutren de la filosofía de la ciencia, el ecofeminismo, la ficción especulativa y el terror, para dar lugar a desplazamientos teóricos, existenciales y poéticos que operan desde la fragilidad como forma de resistencia.

http://www.reginademiguel.net/

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