HACKEAR LA ACADEMIA, UNA EXPERIENCIA DE COLECTIVIZACIÓN EN LA PRODUCCIÓN ARTÍSTICA (SANTIAGO LARA MORCILLO)

RESUMEN
Existe un desbordamiento de conocimiento en el actual modelo académico que es aprovechado por los usuarios como una posibilidad de salir de los parámetros jerarquizados. Este artículo hace un análisis del hackeo de la Academia de Bellas Artes, basándose en otros ejemplos llevados a cabo en el ámbito científico. Las Humanidades digitales han dado nuevas herramientas metodológicas, ya sea con ayuda de las redes o con nuevos procesos de formulación colectiva, a partir de las cuales comenzamos a equiparar la figura de los artistas con otros perfiles como los hackers, más vinculados al lenguaje de programación. Unos y otros se asemejan cuando manejan la información de una manera horizontal. Los objetivos del arte dejan de lado el lastre del mercado para centrarse en valores como la experiencia colectiva y la transmisión de conocimiento. Los proyectos generados en esos espacios de expansión son movidos por el afecto que discurre en el ámbito empírico. En el hackeo de la Academia, ésta encontraría sus propios paradigmas para su evolución.

 

LA CULTURA COMO UN PROCOMÚN

 

El devenir crítico se nos plantea hoy como una necesidad de supervivencia frente a la imposición de las grandes máquinas de sujeción, que hacen muy difícil que la creatividad fluya en todas direcciones. Podría decirse que la falta de conciencia crítica en el arte provoca una unidireccionalidad de la creatividad, siendo esto en los tiempos que corren un inconveniente para la construcción de nuevas narrativas. La creación artística formaría parte de esa necesidad de expansión hacia otros mundos, del que forman parte las Humanidades digitales. Con el desarrollo desenfrenado del neoliberalismo y una posmodernidad agónica que se autovislumbra a sí misma como parte de un discurso tardocapitalista, la cultura se entiende hoy desde dos ámbitos bien diferenciados y enfrentados entre sí: por una parte se contempla como un bien económico u objeto de consumo. Esto es algo que se puso de manifiesto a finales de los 90 en Inglaterra, con el inicio del desarrollo de la Industria Cultural, que más tarde se extendería por toda Europa y que en España tuvo su máxima expresión con el desarrollo urbanístico y la construcción de mega-complejos culturales, museos y centros de arte como enormes y atractivos continentes desplegados a lo largo del país. La segunda forma de ver la cultura es entendida como un espacio de participación y apertura, por supuesto de libre acceso y como un bien común a disposición de los ciudadanos, que se tornarían partícipes de la misma. Tanto las industrias culturales, como la revolución tecnológica han generado conocimiento no material, enfocado desde dos puntos de vista, uno mercantilista y otro desde un sentido opuesto: el desarrollo de la cultura libre.

Con esta disyuntiva en cuanto a qué es hoy la Cultura nos topamos de forma cotidiana a la hora de analizar la creación artística. Los medios materiales en la creación tradicional han jugado un papel fundamental en la producción de obras de arte, sería interesante desvincularnos, si cabe, de la obra como algo acabado, ya sea un proceso de trabajo, experiencia relacional, instalación, intervención en el espacio, etc. Dejando a un lado el sentido ontológico de la obra de arte, tendríamos que centrarnos en ese capital cultural inmaterial que poseen los creadores: su experiencia. Este valor es parecido al de otros creadores que se han enmarcado siempre bajo el campo de la cultura digital: los hackers, éstos también poseen una experiencia que supone un valor de capital cultural inmaterial, ya que trabajan con un gran intangible: la programación (el código).

Las dos narrativas, la de los programadores hackers y la de los artistas tienen características similares y forman parte del Conocimiento como un procomún a preservar, como lo es por ejemplo Internet y los ecosistemas digitales (Hess y Ostrom, 2006) que se generan dentro y fuera de la red.

En ocasiones estos dos mundos se nos presentan como dos espacios que no se comunican, existe una brecha que va más allá de la propia técnica, es una cuestión de apertura. “Cuando se habla de brecha digital no sólo se hace acudiendo a explicaciones que tienen que ver con la posesión o capacidad de acceso a las nuevas tecnologías, con la predisposición cultural a aprovechar en sus máximas capacidades los nuevos recursos y canales a los que puede tener acceso” (Gordo, 2006).

 

Manifiesto de las Humanidades Digitales

      

LÍMITES DE LA ACADEMIA Y ESPACIOS DE EXPANSIÓN

 

Los procesos de la creatividad tienen un funcionamiento muy parecido en todas las disciplinas, pero los mecanismos que llevan a reactivarla son muy distintos. En el desarrollo de un proyecto de creación artística esa reactivación es necesario mantenerla constante en el tiempo. Los métodos y estrategias son muy diferentes, éstos cambian dependiendo de los intereses del artista. Han sido muy numerosos los estudios para analizar las diferentes facetas o fuentes de la creatividad, pero de algún modo ha quedado impregnada en el imaginario colectivo esa idea romántica del creador aislado del mundo en su torre de marfil. La creación en solitario es una fórmula que funciona en un sentido personal, ayuda a la autorregulación y la introspección creativa, el trabajo en solitario supone un aspecto muy importante del desarrollo cognitivo, pues son momentos de meditación necesarios, momentos íntimos y personales. Sin embargo, cuando el sujeto creativo pasa a formar parte de un grupo de trabajo, los mecanismos que activan la creatividad comienzan a sufrir transformaciones. Sobre todo si los integrantes de ese equipo de trabajo tienen diferente formación entre sí. El primer paso que el artista da a la hora de integrarse en un equipo de trabajo horizontal, donde no hay jerarquías y donde se utilizan dispositivos tecnológicos complejos, es la toma de contacto: es aquí donde los artistas que provienen de una formación académica como las Bellas Artes tienen que hacer un esfuerzo de comprensión y de empatía.

Emblema hacker

Hoy las artes y las Humanidades en su conjunto se enfrentan a un problema de sociología empírica. Los foros de pensamiento académico se han proyectado a sí mismos como un todo compartimentado, donde los cuerpos saltan de un espacio a otro, casi como en un proceso osmótico con sus normas y donde existe una jerarquía específica, emulando incluso los aspectos de un estado: con su gobierno, sus elecciones y un espacio político de poder y de relación tácita con sus integrantes casi piramidal, en definitiva, un “dentro” o un “fuera” que los delimitan. Cuando la Academia no cubre las necesidades de su tiempo, ni de sus usuarios éstos se organizan en espacios polivalentes, desde las plazas a otros lugares públicos, hasta el aprovechamiento de lugares privados, dentro y fuera de la institución, como un espectro generativo que crece donde se reúnen los cuerpos para compartir conocimiento. Esto se daría también dentro y fuera de la red, desde lo individual a lo colectivo y viceversa. Atendiendo a esto, son numerosas las instituciones que están facilitando el marco de estudio para este tipo de acontecimientos ligados a la puesta en común de logros e investigaciones. Como siempre, la necesidad es la que mueve a los usuarios a organizarse, cuando las expectativas no son cubiertas por las instituciones, éstas deben desplegar sus radares y estar muy atentas a lo que acontece fuera de ellas, para poder aprender a cubrir esas necesidades. Es ahí cuando surge el “hackeo de la Academia”, cuando ésta emula de algún modo estos procesos, no en vano, el término “Hacking Academy” surge en 2010 como un proyecto que nace dentro de una Universidad, concretamente en el Roy Rosenzweig Center for History and New Media, en la George Mason University de Virginia. Este proyecto se basó en la realización de un manual colectivo, formado por numerosos autores, entre los que se encuentran varios estudiantes, que han descrito sus experiencias en torno al desarrollo del conocimiento en las Humanidades digitales. Este libro (Cohen y Scheinfeldt, 2013) analiza muy bien los procesos de cambio que se están dando en la Universidad, sobre todo en el campo de las Humanidades, las necesidades y los posibles caminos de la cultura digital, así como nuevas metodologías para llevar a cabo esa transformación. Es un referente para abordar el desarrollo de la formación artística relacionada con los nuevos espacios, las nuevas formas de enseñar y aprender, etc.

Roy Rosenzweig Center for History and New Media

El conocimiento busca nuevos espacios para ensamblar en la sociedad, es decir, las comunidades generadas dentro y fuera de la institución académica configuran y recrean nuevos foros. A veces éstos espacios parten desde la institución, otras veces aspectos de la academia se reconfiguran en otros espacios alternativos. La relación no es de fuera o dentro de la academia, sino que el conocimiento lo abarca todo, afecta a las estructuras de la misma. Existe un desbordamiento de conocimiento que se está desarrollando desde unas nuevas estructuras. Estos mecanismos buscan un acoplamiento en la academia, pero ésta no lo permite, o al menos no del todo, debido a su estructura interna y de funcionamiento. La academia tiene una estructura vertical muy rígida y no deja lugar a la experimentación en los procesos de horizontalización. El marco en el que se instaura limita en parte su desarrollo. Todo este conocimiento fluye en todas direcciones a gran velocidad y cristaliza en otros espacios alternativos que sí tienen estructuras diferentes de funcionamiento: Medialabs, etc. Podría decirse que se ha generado un desarrollo transversal del conocimiento que afecta a todos los ámbitos de la sociedad. Volviendo al tema experiencial o empírico: los protagonistas aquí son los propios usuarios, que pasarían a ser “actores que se embarcan en la producción de evidencias (extracción, manipulación, visualización y hermenéuticas de datos que se han multiplicado por doquier). Las formas y herramientas de análisis de datos han proliferado. Pero también lo han hecho los colectivos que asumen como propia la necesidad de organizarse (presencial y digitalmente) para medir, analizar, narrar y compartir los problemas de la contemporaneidad” (Corsín, Estalella y Lafuente, 2012).

 

EXPERIENCIAS COMPARTIDAS COMO PROYECTOS ARTÍSTICOS

 

En nuestra sociedad, donde los procesos de comunicación y relación entre individuos están cambiando al mismo ritmo exponencial que las relaciones sociales y políticas, no queda otra salida que la de agruparse para realizar cosas en común, ya sea para debatir en una plaza, como vimos en las manifestaciones que se produjeron a partir de la eclosión del 15M, intercambiar información sobre un mismo proyecto, realizar trabajos interdisciplinares, etc. “Es necesario poner en marcha contra-narrativas que cuestionen el discurso de la economía del talento y la expliquen desde dentro, con sus luces y sus sombras. Y a partir de ahí, haciendo uso de esa misma creatividad, imaginar posibilidades de acción política que transformen la posición clave de los trabajadores creativos en una estrategia profesional colectiva y sostenible” (PTQK, 2009). En estos procesos la puesta en común parte de un elemento clave: el afecto. El desarrollo del afecto es algo fundamental en el cambio de paradigma que se está dando en las relaciones grupales, sobre todo porque el acceso en común a una experiencia compartida potencia mucho más las posibilidades y abre un flujo de conocimiento colegiado mucho más amplio que cuando se da otro tipo de relación tácita o por imposición directa o indirecta.

Otro punto a tener en cuenta es la inmediatez de los procesos, algo que genera ilusiones y expectativas en el corto plazo. Estos elementos son  positivos en sí mismos, aunque el mercado y la sociedad de consumo puede aprovechar en ocasiones esta forma de funcionar a nivel cognitivo. Como todo, un mal uso de esa inmediatez nos puede llevar a veces a una cierta superficialidad. Es en esa disyuntiva y unión de tiempos entre lo digital y lo físico, donde la experiencia digital, cuando se convierte en experiencia analógica cierra un vínculo o círculo que proyecta nuevas posibilidades, se genera cohesión social, confianza en el colectivo y en uno mismo.

El proceso de acercamiento por parte de los artistas hacia estos métodos de trabajo pasan necesariamente por procesos de experiencia. No hay nada mejor que el aprendizaje en común para que la implicación individual se eleve de forma exponencial. Y es el aprendizaje en comunidad una condición indispensable para reforzar estos lazos. Este aprendizaje se da en el círculo de la cultura digital, porque en comunidad es como se desarrolla el software que luego se puede utilizar en un sentido u otro, sirviendo estas relaciones como ejemplo a seguir por las demás disciplinas.

La experiencia compartida es lo más interesante, el resultado es importante, pero no suelen ser proyectos estanco, sino prototipos sujetos al cambio y la transformación. Se trabaja y se proyectan las energías alrededor de lo experiencial, el proceso colectivizador es primordial. Según Rosalind Gill existen unos estímulos comunes a todos los creadores que operan en colectivo en términos empíricos (Gill, 2007). Estos factores son experimentados por todos los miembros, sean o no artistas y son los siguientes: el placer y la diversión; la autonomía, el aprendizaje y la ausencia de jerarquías; la innovación y el aprendizaje permanente; la comunicación y el intercambio; la posibilidad de participar en proyectos de impacto social; la percepción de que estos entornos de trabajo son igualitarios y abiertos a la diversidad; la fascinación por lo novedoso del sector. Todos estos estímulos tienen en común que se experimentan en común, generándose un magma que inunda todos estos procesos: el vínculo afectivo. El afecto generado durante el manejo de un bien común como es el conocimiento colectivo nos lleva a la conclusión de que procomún es amor (Estalella, Rocha y Lafuente, 2013). Para comprender bien estos procesos del afecto habría que ampliar nuestro concepto de amor, más allá del socialmente establecido y comprenderlo como una herramienta para la construcción política de la multitud. “El amor es un medio de escape de la soledad del individualismo, pero no, tal y como nos dice la ideología contemporánea, sólo para verse aislado de nuevo en la vida privada de la pareja o de la familia. Para llegar a un concepto político del amor que reconozca a éste como algo centrado en la producción del común y en la producción de la vida social, tenemos que romper con la mayor parte de los significados contemporáneos del término y recuperar y reelaborar algunas nociones más antiguas del término” (Hardt y Negri, 2009).

 

Tercer día del encuentro “Home: remezclando memorias en tránsito” organizado por Zemos98 para el festival  “Remapping Europe”. Foto: Julio Albarrán.

 

Lo común se convierte en el estado inicial de las alegrías que se comparten desde las redes de producción sociales y afectivas. Estas redes se generan alrededor de lo que se ha venido a llamar los procomunes invisibles, que son una serie de valores inmateriales inherentes a los grupos de colaboración creativa. Estos valores han sido analizados muy bien por el colectivo Zemos98, creado en Sevilla, el cual ha incorporado el término “Copylove”, jugando con el concepto de las licencias libres Copyleft y con todo el entorno que la cultura digital ha proyectado sobre la sociedad. A partir de aquí, este colectivo ha ido desarrollando un análisis exhaustivo sobre los procesos en los que el afecto ha ido ampliando su significado y se ha difundido sobre el hecho de la interdependencia de los individuos a la hora de realizar cualquier trabajo colectivo, a partir de la visualización de nuestra cotidianidad. Una buena parte de esta investigación se realizó en la denominada “Residencia Copylove” del Museo Reina Sofía de Madrid en junio de 2013, que formaba parte de los programas culturales del centro y donde participaron numerosos investigadores, periodistas, mediadores, etc. Otra investigación de referencia y ejemplo a la hora de entender este proceso de aprendizaje experiencial es el master “Empiria Digital” dirigido por Adolfo Estalella y Alberto Corsín en Medialab-Prado de Madrid. A partir del desarrollo del afecto como argamasa en las relaciones con nuestro entorno y con los demás, hemos de volver la mirada hacia la experiencia compartida como algo que desarrolla y amplía los lazos afectivos, proyectando la experiencia creativa en soledad hacia lo colectivo, donde se potencia el valor empírico casi como un fin en sí mismo donde cada logro obtenido es un escalón para conseguir algo nuevo con la posibilidad de ser compartido.

 

REFERENCIAS

COHEN, D.; SCHEINFELDT, J.T. (Coords.) (2013). Hacking the Academy: New Approaches to Scholarship and Teaching from Digital Humanities. Ann Arbor: University of Michigan Press.

CORSÍN, A. y ESTALELLA, A. y LAFUENTE, A. (2012). “Hacking Academy” Studio”. En: Prototyping. [En línea]. Madrid: <http://www.prototyping.es/hacking-academy-studio>

ESTALELLA, A., ROCHA, J. y LAFUENTE, A. (2013). Laboratorios del procomún, experimentación, recursividad y activismo. En: Teknokultura. Revista de Cultura Digital y Movimientos Sociales. Vol 10, Nº1:21-48. [En línea]. Madrid: UCM.  pp.  21-48. <http://teknokultura.net/index.php/tk/article/view/121/pdf>

GILL, R. (2007). Technobohemians or new Cybertariat. New Media work in Ámsterdam a decade after

the web. Network Notebooks 01. [En línea]. Amsterdam: Institute of Network Cultures.

<http://networkcultures.org/blog/publication/no-01-technobohemians-or-the-new-cybertariat-rosalind-gill/ >

GORDO, A. J. (2006). Jóvenes y cultura Messenger. Tecnología de la información y la comunicación en

la sociedad interactiva. En: “Tipos ideales. Banda ancha estrecha, cultura móvil”. Madrid: Injuve-FAD. p.181.

HARDT, M. Y NEGRI, A. (2009). “Prefacio. El devenir príncipe de la multitud”. En: Commonwealth.

El proyecto de una revolución del común. Barcelona: Akal. p. 13

HESS, C. y OSTROM, E. (2006). Understanding Knowledge as a Commons: From Theory to Practice.

Cambridge: MIT Press.

PTQK, M. (2009). “La emergencia de la creative under-class”. En: Be creative under-class. Mitos,  paradojas

y estrategias de la economía del talento. [En línea]. Madrid: Biblioteca YP. p. 6.

<http://www.laciudadviva.org/blogs/wp-content/uploads/2009/08/be_creative_underclass_maria_ptqk2.pdf>


 


Santiago Lara es Doctor en Bellas artes por la Universidad Complutense de Madrid. Compagina su trabajo pictórico individual con la experimentación audiovisual del colectivo Laramascoto. Trabaja con galerías de arte nacionales e internacionales. Ha realizado numerosas exposiciones en instituciones tanto dentro como fuera del pais y realizado numerosas residencias artísticas donde ha llevado a cabo proyectos de arte contemporáneo, entre ellas ha obtenido la Beca/residencia de la Real Academia de España en Roma.

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